Vistas de página en total

sábado, 24 de enero de 2026

LA VIDA SECRETA DEL PURÉ: CUANDO EL ALMIDÓN SE REORGANIZA

 

El puré, cuando está caliente, inspira una confianza que no merece. Uno lo mira y piensa: esto está resuelto. Todo está integrado, todo es suave, todo parece haber llegado a un acuerdo razonable. El puré caliente es un alimento socialdemócrata. No hay tensiones visibles, no hay bandos. La patata ha renunciado a su pasado sólido, el agua ha aceptado quedarse en segundo plano y el conjunto se presenta como una masa homogénea, educada, que no plantea problemas. Es entonces cuando cometemos el error: apartarlo del fuego y dar por hecho que seguirá siendo el mismo.

Al volver al cabo de un rato —no hace falta mucho, basta con que se enfríe— como la Santísima Trinidad el puré ya no es uno, es trino. Hay grumos, hay líquido alrededor, hay una especie de archipiélago triste flotando en un mar aguachento. El puré no está malo, pero ha cambiado de opinión. Y lo ha hecho sin consultarnos, como se hacen las cosas importantes.

Lo que ocurre ahí no es un capricho culinario ni una mala praxis del cocinero. Es física y química actuando con la frialdad que las caracteriza. La patata, la calabaza, el arroz, todos esos vegetales que parecen tan dóciles contienen almidón, y el almidón es una sustancia con carácter. En caliente se comporta de manera expansiva: absorbe agua, se hincha, forma una red que atrapa el líquido y da esa textura cremosa que asociamos con la felicidad doméstica. Pero ese estado es transitorio. Es el equivalente molecular a una noche de verano en la que todo el mundo se lleva bien.

El almidón está formado por dos polisacáridos, amilosa y amilopectina. Cada uno de ellos está formado por moléculas de azúcar (glucosa). Cada molécula de glucosa es uno de los hexágonos que paracen en la imagen.

Un poco de química elemental nos vendrá bien. Como pueden ver en la figura de arriba, el almidón tiene una composición química muy sencilla: es la unión de dos polisacáridos (de poli, varios, y sacárido, azúcar): la amilosa y la amilopectina. Ambos están formados por unidades de glucosa; las de amilosa unidas entre ellas por enlaces que dan lugar a una cadena lineal y las de amilopectina por enlaces que hacen que las cadenas de glucosa se ramifiquen. Los dos polisacáridos se modifican con la adición de agua.

En el proceso de adición de agua (hidrólisis) de la digestión, las amilasas, unas enzimas secretadas por el páncreas y las glándulas salivales, son las encargadas de degradar los polisacáridos. De esa manera, los polisacáridos que se encuentran en los alimentos, se transforman en azúcares más simples que pueden atravesar la pared digestiva o ser absorbidos en el intestino.

Como no hay enzimas, lo que ocurre al hacer puré no es una hidrólisis, sino un proceso, la gelatinización, que ocurre durante la cocción de la patata (entre 58°C y 66°C). Lo que sucede es que los gránulos de almidón absorben agua, se hinchan y eventualmente se rompen, liberando amilosa y amilopectina. Como resultado, se forma una pasta o gel espesante que da la textura característica al puré. No hay una ruptura masiva de los enlaces químicos para crear azúcares simples; las moléculas de almidón siguen siendo largas. Siguen ahí, a la espera de reorganizarse. Y lo harán en cuanto baje la temperatura.

Cuando la temperatura baja, el almidón empieza a hacer memoria. Sus moléculas, especialmente una llamada amilosa, sienten una irresistible necesidad de ordenarse como los regimientos prusianos. Se alinean, se juntan, se compactan. Donde antes había una red flexible ahora hay una estructura rígida y concentrada. El agua, que ya no tiene sitio en ese nuevo orden, es expulsada sin miramientos. No hay drama: simplemente ya no la necesitan. El puré se separa porque el almidón ha decidido que en la intimidad cualquier pareja también cansa.

Este proceso tiene un nombre que parece inventado para tranquilizarnos: retrogradación del almidón. Suena técnico, pero viene a significar algo bastante cotidiano: las cosas tienden a volver a su estado más estable, aunque ese estado no nos guste. Para la molécula, el puré frío es un éxito. Para nosotros, es una decepción templada.

Esto explica una de las frustraciones más persistentes de la cocina doméstica: el puré recalentado nunca vuelve a ser exactamente igual. Uno puede calentarlo con cuidado, removerlo con paciencia, añadir leche, mantequilla, aceite de oliva, incluso optimismo. El puré mejora, sí, pero no regresa del todo. Algo tan irrecuperable como la niñez o la virginidad, se ha perdido por el camino. El almidón, una vez reorganizado, no vuelve a desorganizarse completamente. El calor puede aflojar la estructura, pero no borrar lo ocurrido. Es una lección que la cocina repite con crueldad: como los viejos Biscuters, no todo tiene marcha atrás.

El arroz frío hace algo muy parecido, solo que con más determinación y menos glamur. Al enfriarse, su almidón se vuelve aún más ordenado, casi cristalino. Por eso el arroz del día siguiente es más seco, más firme, más serio. También por eso alimenta de otra manera: parte de ese almidón ya no se digiere igual. El arroz frío no solo cambia de textura, cambia de personalidad. Recalentarlo es como invitar a un viejo amigo hippy que, al cabo del tiempo, llega con chaqueta y corbata. Es el mismo, pero no.

La calabaza, por su parte, juega en otra liga. Tiene tanta agua que, al enfriarse, la separación es casi sísmica. El puré confiesa de golpe todo lo que llevaba dentro. No es que se haya estropeado: es que nunca fue tan estable como parecía. La calabaza, como ciertas personas encantadoras, aguanta bien mientras hay calidez. En cuanto se enfría la situación, se descompone.

Todo esto debería servirnos para mirar los purés con un poco más de respeto y algo menos de ingenuidad. La textura no es un atributo fijo: es un equilibrio temporal. El calor mantiene a raya a las moléculas, las obliga a convivir. El frío les devuelve la libertad. Y cuando cada componente puede elegir, elige el orden, no la cremosidad.

Quizá por eso los recalentados nos producen una leve melancolía. No están mal, pero nos recuerdan que el momento bueno ya pasó. El puré recién hecho es una promesa; el puré frío es un otra cosa. No hay traición, solo sinceridad tardía.

Al final, los grumos no son un error ni un castigo. Son el almidón haciendo exactamente lo que lleva millones de años haciendo: buscar estabilidad. Que esa estabilidad no coincida con nuestra idea de una cena perfecta es un problema filosófico, no culinario. El puré no se estropea. Se reorganiza. Y, como tantas reorganizaciones, llega cuando ya no podemos hacer mucho más que mirarla con resignación y coger la cuchara.