Vistas de página en total

viernes, 30 de enero de 2026

EL FASCISMO COMO PROCESO Y LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE ACTUAL

 

El auge del autoritarismo no es patrimonio de los márgenes del sistema democrático ni de países supuestamente “atrasados”. A la luz del análisis del historiador Robert O. Paxton, Estados Unidos muestra síntomas reconocibles de degradación democrática. No como ruptura súbita, sino como proceso. Y eso debería preocuparnos a todos.

En su ensayo Anatomía del fascismo (Capitán Swing), Paxton, historiador estadounidense especializado en el fascismo europeo del siglo XX, decidió desmontar ese ruido con un análisis que se ha vuelto canónico. Su propuesta era dejar de preguntar quién es fascista y empezar a observar qué comportamientos lo son. Ni ideologías cerradas, ni símbolos, ni estéticas reconocibles. Lo que importa son las prácticas. Aplicar ese marco a los Estados Unidos actuales no conduce a una etiqueta definitiva, pero sí a un diagnóstico inquietante.

Paxton parte de una intuición simple: el fascismo no cae de repente desde el cielo. Avanza por etapas y se adapta al terreno. No irrumpe con tanques; entra con discursos de decadencia. En Estados Unidos, ese discurso lleva tiempo instalado. «Nos han robado el país», «ya no somos respetados», «antes éramos grandes». El lema trumpista Make America Great Again no es un programa económico: es una emocionalidad política. Sugiere una pérdida, una humillación y una promesa de restitución. Para Paxton, ese es el primer ingrediente.

La obsesión con el declive no necesita datos; necesita sensaciones. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia del planeta, pero una parte considerable de sus ciudadanos se siente derrotada. No por el PIB, sino por la cultura. Por la demografía. Por el lenguaje. Cuando la política se convierte en terapia del agravio, el terreno queda abonado.

El siguiente paso, según Paxton, es la identificación del enemigo interno. El fascismo no prospera sin culpables cercanos. En Estados Unidos, el repertorio es amplio y móvil: inmigrantes, periodistas, jueces, burócratas, universidades, minorías, feministas. El enemigo cambia, pero la estructura permanece. La política deja de ser una discusión sobre intereses para convertirse en una batalla moral. El adversario ya no se equivoca: traiciona. No gobierna mal: conspira.

Ese desplazamiento tiene efectos prácticos. Deshumaniza. Simplifica. Permite justificar lo injustificable. Paxton subraya que el fascismo necesita un “nosotros” imaginado, puro y homogéneo, frente a un “ellos” contaminante. No importa que ese “nosotros” sea una ficción: importa que se sienta real.

Llega entonces el momento clave: la relación con la democracia. El fascismo, escribe Paxton, no desprecia la democracia en abstracto. La usa mientras sirve y la desacredita cuando estorba. En Estados Unidos, la erosión de la confianza electoral no es un accidente retórico; es una estrategia. Si solo una victoria propia es legítima, la derrota se convierte en fraude por definición. La ley pasa a ser un obstáculo, no un marco compartido.

Leído con las herramientas de Paxton —no con el dramatismo de la consigna—, el asalto del Capitolio el 6 de enero de 2021 deja de ser una anomalía grotesca y pasa a encajar como un síntoma. No hubo golpe militar ni plan elaborado; hubo una movilización emocional contra una legalidad percibida como ilegítima. El fascismo, advierte Paxton, suele avanzar por vías legales hasta que decide que la ley sobra. Ese umbral no se cruza de golpe; se desgasta.

Otro elemento central es la normalización de la violencia. El fascismo no necesita violencia constante; le basta con justificarla. Minimizarla. Presentarla como reacción comprensible. Cuando la violencia “de los nuestros” se relativiza y la del adversario se exagera, el listón moral se desplaza. En Estados Unidos, la retórica armada, la indulgencia con las milicias que asaltaron el Capitolio y la normalización de prácticas estatales de violencia extrajudicial presentadas como defensa del orden encajan con lo que Paxton llamaba violencia redentora: no criminal, sino purificadora. Al comportamiento de los paramilitares trumpistas del ICE me remito.

Pero el punto más inquietante del análisis de Paxton no está en las masas, sino en las élites. El fascismo no llega solo. Necesita la colaboración, la resignación o el cálculo de quienes creen poder domesticarlo. Empresarios que priorizan beneficios. Políticos que miran a otro lado. Medios que amplifican por interés o miedo. Paxton fue tajante: el fascismo avanza cuando las élites creen que pueden usarlo como herramienta. Nunca lo consiguen.

En Estados Unidos, esa connivencia no es total ni homogénea, pero existe. Sectores del Partido Republicano toleran comportamientos que antes habrían sido inaceptables. Se justifica lo injustificable por disciplina, cálculo o temor al votante. Es una alianza incómoda, exactamente como la describía Paxton. Para la izquierda, esta lección es especialmente incómoda: el autoritarismo no siempre llega desde fuera del sistema, sino a menudo con la complicidad de quienes creen poder administrarlo.

¿Significa todo esto que Estados Unidos es un régimen fascista? Según sus etapas, el país muestra rasgos claros de las primeras fases: creación de un movimiento de masas, relato de declive, deslegitimación del adversario, desgaste de las reglas y coqueteo con la violencia. El acceso pleno al poder y la radicalización final no son inevitables, pero tampoco imposibles.

Aquí conviene introducir un matiz decisivo. Estados Unidos no es la Italia de Mussolini ni la Alemania de Weimar. Tiene instituciones robustas, federalismo, tribunales, prensa plural y una sociedad civil resistente. Pero Paxton insistía en que el fascismo se adapta al terreno. No copia modelos; los reescribe. En Estados Unidos no necesita abolir la Constitución; puede vaciarla. No necesita cerrar periódicos; puede desacreditarlos. No necesita un partido único; le basta con colonizar uno.

La gran aportación de Paxton es obligarnos a abandonar la comodidad del «eso aquí no puede pasar». El fascismo, escribió, no llega prometiendo dictaduras, sino restauraciones. No se presenta como ruptura, sino como salvación. Cuando una democracia empieza a aceptar que el poder debe imponerse a la ley para “salvar” a la nación, el problema ya no es semántico.

Paxton insistía en algo aún más inquietante: las democracias no suelen morir por exceso de enemigos, sino por exceso de excusas. Excusas para ignorar normas, para relativizar abusos, para aceptar que “esta vez” el fin justifica los medios. El fascismo no entra cuando la democracia es derrotada, sino cuando empieza a explicarse por qué ya no puede permitirse ser democrática del todo.

Estados Unidos sigue siendo una democracia. Pero, a la luz de Paxton, es una democracia bajo estrés. El espejo no devuelve una imagen definitiva, sino una pregunta. Y las preguntas, en política, suelen ser más peligrosas que las respuestas.

Por lo demás, conviene recordar que el fascismo no llega hasta nosotros como una brisa suave, sino más bien como un vendaval, porque como señala Hervé Le Tellier en su nueva novela ensayística, El nombre en el muro (Seix Barral), apenas nueve semanas separaron el ascenso a la Cancillería de Hitler de las primeras medidas antisemitas. Los fascismos avanzan más rápido que cualquier democracia.