El auge del autoritarismo no es
patrimonio de los márgenes del sistema democrático ni de países supuestamente
“atrasados”. A la luz del análisis del historiador Robert O. Paxton, Estados
Unidos muestra síntomas reconocibles de degradación democrática. No como
ruptura súbita, sino como proceso. Y eso debería preocuparnos a todos.
En su ensayo Anatomía del
fascismo (Capitán Swing), Paxton, historiador estadounidense especializado
en el fascismo europeo del siglo XX, decidió desmontar ese ruido con un
análisis que se ha vuelto canónico. Su propuesta era dejar de preguntar quién
es fascista y empezar a observar qué comportamientos lo son. Ni ideologías
cerradas, ni símbolos, ni estéticas reconocibles. Lo que importa son las
prácticas. Aplicar ese marco a los Estados Unidos actuales no conduce a una
etiqueta definitiva, pero sí a un diagnóstico inquietante.
Paxton parte de una intuición
simple: el fascismo no cae de repente desde el cielo. Avanza por etapas y se
adapta al terreno. No irrumpe con tanques; entra con discursos de decadencia.
En Estados Unidos, ese discurso lleva tiempo instalado. «Nos han robado el
país», «ya no somos respetados», «antes éramos grandes». El lema trumpista Make
America Great Again no es un programa económico: es una emocionalidad
política. Sugiere una pérdida, una humillación y una promesa de restitución.
Para Paxton, ese es el primer ingrediente.
La obsesión con el declive no
necesita datos; necesita sensaciones. Estados Unidos sigue siendo la mayor
potencia del planeta, pero una parte considerable de sus ciudadanos se siente
derrotada. No por el PIB, sino por la cultura. Por la demografía. Por el
lenguaje. Cuando la política se convierte en terapia del agravio, el terreno
queda abonado.
El siguiente paso, según Paxton,
es la identificación del enemigo interno. El fascismo no prospera sin culpables
cercanos. En Estados Unidos, el repertorio es amplio y móvil: inmigrantes,
periodistas, jueces, burócratas, universidades, minorías, feministas. El
enemigo cambia, pero la estructura permanece. La política deja de ser una
discusión sobre intereses para convertirse en una batalla moral. El adversario
ya no se equivoca: traiciona. No gobierna mal: conspira.
Ese desplazamiento tiene efectos
prácticos. Deshumaniza. Simplifica. Permite justificar lo injustificable.
Paxton subraya que el fascismo necesita un “nosotros” imaginado, puro y
homogéneo, frente a un “ellos” contaminante. No importa que ese “nosotros” sea
una ficción: importa que se sienta real.
Llega entonces el momento clave:
la relación con la democracia. El fascismo, escribe Paxton, no desprecia la
democracia en abstracto. La usa mientras sirve y la desacredita cuando estorba.
En Estados Unidos, la erosión de la confianza electoral no es un accidente
retórico; es una estrategia. Si solo una victoria propia es legítima, la
derrota se convierte en fraude por definición. La ley pasa a ser un obstáculo,
no un marco compartido.
Leído con las herramientas de
Paxton —no con el dramatismo de la consigna—, el asalto del Capitolio el 6 de
enero de 2021 deja de ser una anomalía grotesca y pasa a encajar como un
síntoma. No hubo golpe militar ni plan elaborado; hubo una movilización emocional
contra una legalidad percibida como ilegítima. El fascismo, advierte Paxton,
suele avanzar por vías legales hasta que decide que la ley sobra. Ese umbral no
se cruza de golpe; se desgasta.
Otro elemento central es la
normalización de la violencia. El fascismo no necesita violencia constante; le
basta con justificarla. Minimizarla. Presentarla como reacción comprensible.
Cuando la violencia “de los nuestros” se relativiza y la del adversario se
exagera, el listón moral se desplaza. En Estados Unidos, la retórica armada, la
indulgencia con las milicias que asaltaron el Capitolio y la normalización de
prácticas estatales de violencia extrajudicial presentadas como defensa del
orden encajan con lo que Paxton llamaba violencia redentora: no criminal, sino
purificadora. Al comportamiento de los paramilitares trumpistas del ICE me
remito.
Pero el punto más inquietante del
análisis de Paxton no está en las masas, sino en las élites. El fascismo no
llega solo. Necesita la colaboración, la resignación o el cálculo de quienes
creen poder domesticarlo. Empresarios que priorizan beneficios. Políticos que
miran a otro lado. Medios que amplifican por interés o miedo. Paxton fue
tajante: el fascismo avanza cuando las élites creen que pueden usarlo como
herramienta. Nunca lo consiguen.
En Estados Unidos, esa
connivencia no es total ni homogénea, pero existe. Sectores del Partido
Republicano toleran comportamientos que antes habrían sido inaceptables. Se
justifica lo injustificable por disciplina, cálculo o temor al votante. Es una
alianza incómoda, exactamente como la describía Paxton. Para la izquierda, esta
lección es especialmente incómoda: el autoritarismo no siempre llega desde
fuera del sistema, sino a menudo con la complicidad de quienes creen poder
administrarlo.
¿Significa todo esto que Estados
Unidos es un régimen fascista? Según sus etapas, el país muestra rasgos claros
de las primeras fases: creación de un movimiento de masas, relato de declive,
deslegitimación del adversario, desgaste de las reglas y coqueteo con la
violencia. El acceso pleno al poder y la radicalización final no son
inevitables, pero tampoco imposibles.
Aquí conviene introducir un matiz
decisivo. Estados Unidos no es la Italia de Mussolini ni la Alemania de Weimar.
Tiene instituciones robustas, federalismo, tribunales, prensa plural y una
sociedad civil resistente. Pero Paxton insistía en que el fascismo se adapta al
terreno. No copia modelos; los reescribe. En Estados Unidos no necesita abolir
la Constitución; puede vaciarla. No necesita cerrar periódicos; puede
desacreditarlos. No necesita un partido único; le basta con colonizar uno.
La gran aportación de Paxton es
obligarnos a abandonar la comodidad del «eso aquí no puede pasar». El fascismo,
escribió, no llega prometiendo dictaduras, sino restauraciones. No se presenta
como ruptura, sino como salvación. Cuando una democracia empieza a aceptar que
el poder debe imponerse a la ley para “salvar” a la nación, el problema ya no
es semántico.
Paxton insistía en algo aún más inquietante:
las democracias no suelen morir por exceso de enemigos, sino por exceso de
excusas. Excusas para ignorar normas, para relativizar abusos, para aceptar que
“esta vez” el fin justifica los medios. El fascismo no entra cuando la
democracia es derrotada, sino cuando empieza a explicarse por qué ya no puede
permitirse ser democrática del todo.
Estados Unidos sigue siendo una
democracia. Pero, a la luz de Paxton, es una democracia bajo estrés. El espejo
no devuelve una imagen definitiva, sino una pregunta. Y las preguntas, en
política, suelen ser más peligrosas que las respuestas.
Por lo demás, conviene recordar
que el fascismo no llega hasta nosotros como una brisa suave, sino más bien
como un vendaval, porque como señala Hervé Le Tellier en su nueva novela ensayística,
El nombre en el muro (Seix Barral), apenas nueve semanas separaron el
ascenso a la Cancillería de Hitler de las primeras medidas antisemitas. Los
fascismos avanzan más rápido que cualquier democracia.