Cuando la obsesión imperialista de Estados Unidos por Cuba tomó forma de hermandad secreta.
El pasado 29 de enero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró una “emergencia nacional” respecto a Cuba y firmó una orden ejecutiva que permitirá imponer aranceles a bienes de países que suministren petróleo a la isla. Trump argumenta que las políticas del gobierno cubano representan una amenaza para la seguridad nacional estadounidense y promete castigar a terceros países que ayuden a La Habana con crudo.
Cuando
se piensa en las grandes historias de ambición imperial del siglo XIX, no suele
aparecer en los libros de texto un grupo misterioso, exuberante y profundamente
polémico: los Caballeros del Círculo Dorado. Sin embargo, su historia —entre la
conspiración, la aventura y la política racial— es una de las claves olvidadas
para entender cómo parte de la élite estadounidense concebía a Cuba no como un
vecino, sino como una pieza predestinada del destino expansionista.
Hacia
mediados de la década de 1850, en una América inquieta por la expansión
territorial y atormentada por el creciente conflicto entre estados esclavistas
y libres, surgió un grupo que combinaba la retórica secreta de una sociedad
fraternal con la ambición política de un movimiento expansionista: los
Caballeros del Círculo Dorado. Esta hermandad —reflejo de una órbita
intelectual y política que reivindicaba el supremacismo sureño— imaginó un
“círculo dorado” que se extendía desde el Golfo de México hasta el corazón del
Caribe, incluyendo México, Centroamérica y, de manera especial, una Cuba libre
de España, pero alineada con la Unión estadounidense esclavista.
Para
sus miembros, Cuba no era simplemente un territorio para conquistar; era la
pieza que podría inclinar la balanza del poder en Washington, garantizando una
hegemonía sureña y esclavista que resistiera las presiones abolicionistas del
Norte.
El
imaginario de los Caballeros del Círculo Dorado estaba lejos de ser una simple
fantasía. Su estructura se inspiraba en sociedades secretas como los masones,
con grados de iniciación y rituales, pero con una agenda explícitamente
política: crear un imperio regional sometido a los intereses de los estados
esclavistas del Sur.
Cuba,
con sus fértiles tierras azucareras, su posición estratégica en el Caribe y su
cercanía a las costas de Florida se convirtió en el gran objeto de deseo. Sus
planes no eran discretos: contemplaban la invasión, “liberación” de España y
posterior incorporación a los Estados Unidos como uno o varios estados
esclavistas. Lo que para algunos historiadores parecía un fantasioso sueño
conspirativo, para muchos sureños fue —en aquel momento— una idea plausible,
incluso una ambición deseable. Y aunque no contaban con apoyo oficial del
gobierno, sí influenciaron el discurso expansionista y la idea de que Cuba
estaba destinada a caer bajo la sombra estadounidense.
Color verde oscuro: nuevos territorios que los miembros del Círculo
Dorado planeaban incorporar a Estados Unidos.
Aunque
pintorescos en su organización interna, es importante distinguir entre actos
simbólicos y maniobras con consecuencias reales. Los Caballeros del Círculo
Dorado no lanzaron invasiones de gran escala por su cuenta. Pero sí fueron un
caldo de cultivo para filibusteros y aventureros que organizaron expediciones
armadas hacia Cuba, como
las de Narciso López. Estas acciones, aunque no tuvieron éxito, ocuparon
espacios políticos y mediáticos en Estados Unidos y alimentaron la percepción
de que Cuba era “objetivo legítimo” de una expansión.
Más
aún, la existencia de grupos como este contribuyó a un clima político en el que
anexionar territorios ultramarinos se debatía abiertamente, y donde la retórica
racista y imperialista se fusionaba con la política pública. Los Caballeros del
Círculo Dorado alcanzaron su punto máximo justo antes del estallido de la
Guerra Civil estadounidense. La lucha entre Norte y Sur redirigió la atención
política y militar hacia cuestiones internas, haciendo que las ambiciones
caribeñas quedaran en un segundo plano. Tras la derrota confederada, el grupo
se desintegró y sus planes quedaron como una anécdota oscura en la historia
expansionista del país.
Hoy,
con la política estadounidense de nuevo bajo los focos por sus recientes
medidas contra Cuba —incluyendo aranceles a países que suministran petróleo a
la isla y la declaración de emergencia nacional por parte de Donald Trump—,
recordar a los Caballeros del Círculo Dorado es más que una curiosidad
histórica. Es entender que la relación entre EE. UU. y Cuba ha estado marcada
por la ambición, la injerencia y la creencia persistente de que la isla debía
integrarse en la órbita estadounidense, ya fuera por la fuerza, la diplomacia o
el poder económico.
La
historia de este grupo revela que las raíces del anexionismo no fueron solo
oficiales, sino también culturales y colectivas, arraigadas en imaginarios
políticos que perduraron más allá de su tiempo.